lunes, 4 de mayo de 2009

Perfecta para mí - Capítulo 1

Dicen que recordar es vivir… por eso voy a colgar en este blog un relato que escribí hace muuuuchoooo cuando, con unas amigas, escribimos una saga entera. Mi primera historia fue la de Oscar, aunque no le puse título en esa época he decidido que se llame “Perfecta para mí”.
Dos cosas: 1. Si hay partes o personajes que no entienden, es normal, al fin y al cabo el relato pertenece a una saga (si alguien quiere saber donde encontrar las demás historias yo le digo donde están). 2. Quienes ya la han leído, vuelvan a leerla, dicen por ahí que la segunda vez que lees algo le hayas más sentido.
Eso sí, por favor déjenme sus opiniones, para mí son muy, muy importantes.
Aquí las dejo con el primer capítulo.


PERFECTA PARA MÍ
Historia de Oscar de la Peña
Por Ana María




Oscar de la Peña (30 años) Es el hijo ejemplo: su vida es casi perfecta, es uno de los empresarios más jóvenes y exitosos del país, y de su empresa. Nunca hace nada sin planearlo antes y planea casarse con su novia, una chica tímida, modosita, joven y sumisa, justo lo que él necesita. ¿Logrará casarse con ella, o llegará lo que él necesita?






Capítulo 1
El Reencuentro


Paola bajó la escalera sonriente y feliz. Después de tanto tiempo sin ver a su mejor amiga, era fabuloso estar allí con ella, sentadas en la misma habitación compartiendo como lo habían hecho desde que eran unas niñas. Al llegar al vestíbulo se encontró con él.
−Juuiuu −silbó Paola. −Pero miren quién está aquí: Oscar de la Peña, el amargadito... ¿cómo estás primo?
Oscar la miró y abrió los ojos con sorpresa. De verdad había creído que nunca más la volvería a ver.
−Paola... −dijo con algo de desconsuelo. −Creí que por fin nos habíamos librado de ti.
−Pues he vuelto −dijo levantando los brazos como para mostrarse y dando una vuelta como si estuviera mostrando un vestido nuevo. −Mírame, soy yo. Pero ¿qué cuentas de ti, primo? ¿Qué ha sido de tu vida?
−No soy tu primo −dijo él con algo de exasperación. −¿En serio Carolina te recibió?
−La verdad es que ella encontró a Juanjo en el hospital donde se atiende y le dijo que quería que y la llamara por teléfono, pero como hace tanto que no veía a mi casi hermana, pues decidí venir.
Paola se sentó en un sofá como si se tratara de una visita social. Oscar odió la sonrisa de la chica que lo recibía como si estuviera feliz.
−Pero no me has contado nada de ti, primo −dijo ella señalando una silla para que él se sentara. −¿Por qué no te sientas y me dices qué ha pasado contigo? ¿Ya te casaste?
−¿Tú sabes cómo es la cosa? −dijo Oscar de mal humor. −No estoy para visitas sociales y menos contigo, chica, así que como ya te ibas, mejor sigues tu camino. ¿Viste?
Paola se levantó de la silla y lo miró de frente.
−¿Tú sabes cómo es la cosa? −dijo imitándolo. −No tienes por qué ponerte de mal humor, hace casi un año que no nos vemos y no es pecado preguntar por la familia. ¿Viste?
−Mira Paola, sabes que nunca has sido la santa de mi devoción, es más, no me caes bien, nunca me has caído bien.
−Pues yo diría que desde que cumplí quince años no te caigo bien.
Oscar casi palidece por la mención que hizo ella de esa época. Pero no dijo nada al respecto y se limitó a regañarla más.
−Mira, Paola, si ya viste a Carolina por favor vete. Vine a ver a mi abuelo para mostrarle un proyecto nuevo, no para escuchar tus tonterías.
−No tienes que ser tan grosero −dijo Paola algo indignada. −Ni que fuéramos enemigos... además no lo hago con intención de molestar, pero si no quieres que este aquí, me voy, vale, no hay problema −dijo tomando su bolso y huyendo hacia la puerta. −Adiós, amargadito... me saludas a tus atractivos hermanos −dijo cerca de él antes de salir.
Paola se fue y Oscar no pudo evitar sentir placer ante el olor del perfume de la joven. Tampoco pudo evitar sonreír ahora que ella no estaba.
Caminó hacia el sofá que había sostenido el delicado y esbelto cuerpo de la muchacha y se sentó allí en donde aun se podía sentir el calor del cuerpo de ella.
Paola. Paola Sánchez. La mejor amiga de su prima Carolina. La mujer que no veía desde hacía casi un año. La jovencita que en la fiesta de quince años de su prima lo había besado...
Su mente voló hasta aquella noche. En la hermosa casa de Manuel, el padre de Carolina, la fiesta había estado llena de los de la Peña, su unida y numerosa familia, y también de los amigos más cercanos de la familia y de la chica del cumpleaños. Por esa época él tenía 22 años y Paola 15, la misma edad que tenía Carolina. Era una chica bella y llenita con frenos en los dientes que lo miraba como si quisiera guardarlo en una caja para ella sola. Él había sentido sed a la mitad de la noche y fue hacia la cocina a tomar un vaso de agua. Enseguida había llegado ella.
−¿Por qué tan solito?
−Tenía sed y vine por agua. ¿Y tus amigos?
−Son un montón de niñitos, a mí me gustan los chicos más grandes... como de tu edad.
Oscar había sonreído, esa chica siempre se había caracterizado por ser extrovertida y muy alegre, además de ser muy sincera en todo lo que decía.
−¿Qué cosas dices, Paola?
−Es verdad −dijo ella acercándose a él. −¿Sabes una cosa? Yo también siento sed.
−Toma un vaso de agua.
−No, yo sé que hay algo que me ayudaría más.
−¿Qué?
−Esto.
Enseguida y sin darle tiempo a reaccionar, le había echado los brazos al cuello y lo había besado con suavidad y poca pericia. Pero la seriedad y la racionalidad que lo habían caracterizado desde que era un niño le dijeron que había estado mal. Así que la alejó y la regañó.
−¡Paola! ¿Qué haces?
−Nada... es sólo un besito...
−Paola estás loca... eres una niña.
La chica, que había sonreído hasta ese momento borró la sonrisa y se vio ofendida.
−No soy una niña, ya tengo quince años, soy una mujer.
−Eres una niña y yo un hombre... Paola, jamás tiene que volver a pasar.
Luego sin dejarla decir nada, salió del lugar.
Las cosas nunca habían vuelto a ser iguales.
Aunque Paola trataba de hablarle y conversarle de vez en cuando, él le huía constantemente. Hasta nueve meses atrás, cuando Carolina había tenido un accidente en el que había muerto su padre y ella había quedado en silla de ruedas, y además le había dejado una amargura que le había impedido seguir con sus amistades. Pero ahora, su prima estaba en terapia y por como iban las cosas, pronto caminaría de nuevo, eso junto a la alegría que había vuelto a ella, le habían devuelto a su mejor amiga... y a él su dolor de cabeza.
Estaba algo distinta, no era alta, pero tampoco era tan bajita, estaba más esbelta, más bella, el cabello castaño oscuro estaba un poco largo y caía liso sobre su espalda y los ojos verdes tenían más vivacidad que antes y eran más traviesos. No se podía negar que era una mujer muy hermosa y que había mejorado con el tiempo.
Volvió a sonreír, pero esta vez con algo de tristeza. Paola no era la mujer que él necesitaba. Era un achica demasiado alocada, demasiado viva. No. Para él había nacido Inés, su prometida, su novia desde hacía cuatro años y con la que se iba a casar en unos pocos meses.
Su relación con Inés era perfecta: era una chica, tímida, callada, muy complaciente, no había nada a lo que ella le dijera que no. Su perfecta vida tenía que ser así siempre: perfecta y sólo lo lograría con una mujer que satisficiera sus más mínimos caprichos. Y esa mujer era Inés. Con 25 años era la mujer más delicada que había encontrado en su vida, y la había conocido en Dreams desde que empezó a trabajar allí en la parte de mercadeo y publicidad.
A los 30 años, Oscar de la Peña era uno de los empresarios más exitosos del país. Todos sus negocios estaban premeditados de tal manera que nunca salían mal y quería que su vida siguiera siendo así, perfecta, premeditada, sencilla sin más emoción de la que debe haber en un negocio bien hecho o en una nueva colección. Alguna vez Laura, su hermana le había dicho que una vida sin amor no era nada, pero él se había reído y le había dicho que la vida sin planear y sin control no era nada.
Era verdad que no amaba a Inés, pero ¿quién dijo que los matrimonios exitosos siempre se conformaban de personas que se amaban?
Su vida ya estaba hecha. No tenía que pensarlo más. Pero no podía negar que Paola siempre lo había revolucionado un poco. Sí, le gustaba ¿y qué? Pero eso no significaba que algo fuera a cambiar en algo su vida. Nunca un beso le había gustado tanto por más inexperto que fue, jamás nadie, ni siquiera Inés lo besaba así.
Se levantó de la silla con un suspiro y se dirigió al estudio de su abuelo. Era sensacional cómo esa mujer había cambiado en él un plan tan sencillo que era mostrarle un proyecto publicitario a su abuelo. Si la dejaba entrar en su vida la cambiaría totalmente y eso era peligroso.


***


Paola volvía en su auto a su casa y mientras manejaba, no dejaba de pensar en él y en ese reencuentro después de casi un año sin verlo.
La sonrisa no se había borrado de los labios de Paola a pesar de lo mal que la había tratado Oscar. Cuando Juanjo le había dicho que Carolina estaba igual de amable que antes había pensado llamarla por teléfono, pero decidió ir sin pensar en que podría encontrarse con él. Carolina le había dicho que Oscar aun no se había casado pero que los planes estaban más fuertes que nunca, que sólo estaba esperando a que se concretara el desfile para el otoño y toda la publicidad que esto traía consigo, y después se casaría con Inés, la novia desde hacia cuatro años.
Aun recordó la tarde en que la conoció. Inés era una chica como de su misma estatura, un poco más llena y con dulces ojos grises. Su cabello rubio cenizo lo llevaba rizado y corto, y no podía saber por qué, pero se veía muy simple, como muy apagada, tal vez por lo silenciosa y tímida. Vio como abrazaba a Oscar y ella sintió que quería morir. Además de Carmen, la madre de él que parecía encantada con ese noviazgo. Siempre había sabido que Oscar era el hijito favorito de mamá, y no le extrañaría que ella le hubiera conseguido esa novia.
La verdad era que siempre le había gustado Oscar, por eso lo había besado en la fiesta de quince años de su amiga.
Al recordarlo pensó que había sido el error más grande que había cometido jamás. Lo había alejado de ella para siempre. Él jamás se fijaría en ella porque él era muy metódico, muy cuadrado, muy rígido en sus cosas, y ella era lo opuesto: un espíritu libre que adoraba la libertad, que quería vivir la vida plenamente y disfrutar de todo lo que le pasaba por más malo que fuera.
Era mejor pensar en alguien más. Pero era casi imposible. Los novios que había tenido jamás le habían despertado tanto interés. Pero era absurdo seguir en lo mismo... lo malo era que no podía dejar de pensar en él.
−Cálmate Paola, olvídalo ya, no tiene caso...
Pero no podía. No había cambiado mucho en un año, era igual de alto y de guapo con sus ojos azules y ese cabello rubio oscuro. Se parecía al padre, Sergio. Lo que a ella siempre la había intrigado era el físico: su cuerpo era bastante atlético, sus piernas y brazos eran musculosos, y su tórax eran muy amplio y fornido, ¿qué se sentiría ser abrazada por él? ¿Practicaría algún deporte para mantenerse así de guapo? Por un momento se lo imaginó con poca ropa y el cuerpo sudoroso...
−No, chica, borra esos pensamientos −se regañó.
Siguió manejando de regreso a casa y recordó la locura cometida cuando era una quinceañera, una tontería: quería besarlo y se decidió esa noche cuando lo vio tan guapo... y había sido su ruina. Si antes apenas la miraba, después de eso la odió algo que a ella le dolió.
−Ni modo, Paola, ese hombre no es para ti.
Se dijo antes de sacar a Oscar de su mente... o por lo menos de intentarlo.

5 comentarios:

Mary Heathcliff dijo...

Ay Anita
Me encanta lo que estas haciendo.
Es bueno releer lo que hacemos. De veras que me gusto mucho. Ya habia olvidado algunos detalles. Muy bien, bonito relato digno de ser releido.
Un abrazo
Mary

Kristnel dijo...

Ana:
me parece una idea genial
como dices recordar es vivir, asi que vivamos. lindo titulo para el relato.

Anónimo dijo...

Y lo demas que?

Mary Heathcliff dijo...

Ana Maria, estamos esperandooooooooo

Kristnel dijo...

Querida Ana Maria...
Y el segundo capitulo que????